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SEIS VIDAS EN UNA. CUENTO SUFÍ.

Hubo un joven que pensó:- Si pudiese experimentar varias fases de la existencia,

podría librarme de toda estrechez de miras. ¿De que sirve que a uno se le diga:

"ya lo sabrás cuando seas viejo", si para entonces habrá de ser demasiado tarde

para aprovecharlo?Se encontró con un hombre sabio, quién en respuesta a sus

interrogantes dijo:

-Podrás encontrar la respuesta, si lo quieres.-¿Cómo?- preguntó el joven.-Mediante

la transformación múltiple. Ingiriendo ciertas bayas que yo te mostraré, podrás

adelantar o retroceder en edad, o dejar de ser una persona y convertirte en otra.

-Yo no creo en la reencarnación.-No es cuestión de lo que crees, sino de lo que

es posible- le replicó el sabio.Comió las bayas y su deseo fue transformarse en

un hombre de edad madura. Pero ser un hombre de edad madura tenía tantas limitaciones,

que ingirió otra baya y pasó a ser viejo.Ya viejo quiso ser joven otra vez y recurrió

a otra baya. Así volvió a ser joven, pero como cada estado tiene su forma de conocimiento

correspondiente, ocurrió que de su mente desapareció la experiencia adquirida en sus dos

mutaciones anteriores.No obstante, el joven aún recordaba las bayas, y decidió un segundo

experimento. Comió otra, deseando esta vez convertirse en algún otro. Apenas se vio

transformado en otra persona, comprendió que el cambio, por sí solo, era vano. Por lo tanto,

comió otra baya y deseó volver a ser él mismo nuevamente.Una vez restituido a su estado

original, se percató de que todo lo que había ganado realmente con aquellas experiencias

era por completo diferente de lo que había esperado obtener con los cambios de su persona.

Volvió a presentársele el sabio, quien le dijo:-Ahora que sabes que las experiencias

importantes no son las que deseas sino las que necesitas, quizás puedas comenzar a aprender.

 

 
  El Halcon no vuela

Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara. Pasados unos meses, el instructor le comunicó que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que no sabía qué le sucedía al otro: no se había movido de la rama desde el día de su llegada a palacio, e incluso había que llevarle el alimento hasta allí.

El rey mandó llamar a curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar al ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió; por la ventana de sus habitaciones, el monarca veía que el pájaro continuaba inmóvil. Publicó por fin un bando entre sus súbditos solicitando ayuda, y a la mañana siguiente vio al halcón volar ágilmente por los jardines.

—Traedme al autor de ese milagro —dijo.

En seguida le presentaron a un campesino.

—¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste?

¿Eres mago, acaso?

Entre feliz e intimidado, el hombrecito explicó:

—No fue difícil, Su Alteza: sólo corté la rama. El pájaro se dio cuenta de que tenía alas y se lanzó a volar.

Así somos los seres humanos. Estamos atados al pasado y al presente porque no nos hemos dado cuenta de que tenemos el poder de volar y buscar nuestro verdadero destino.
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Algunos tienen el privilegio de que algún acontecimiento rompa la rama de la costumbre, de la seguridad. Sólo entonces se dan cuenta de que son superiores a las circunstancias.
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En muchas ocasiones lo tenemos todo y no logramos vivir plenamente; quizá es necesario que alguien nos corte la rama para que podamos arriesgarnos al vuelo. A veces las cosas inesperadas y que en principio parecen negativas son verdaderas bendiciones

 
 

El sabio hacedor de milagros
Tres personas iban caminando por un bosque: un sabio con fama de hacer milagros, un rico terrateniente del lugar y, detrás de ellos y escuchando la conversación, un joven alumno del sabio.
Aprovechando que estaba en presencia del sabio, el poderoso terrateniente le dijo:
- Me han dicho en el pueblo que eres muy poderoso, que incluso puedes hacer milagros.
A lo que el sabio le respondió:
- Soy una persona vieja y cansada. ¿Cómo crees que podría hacer milagros?
Pero el hacendado insistió:
- Me han contado que sanas a los enfermos, restituyes la vista a los ciegos y vuelves cuerdos a los locos.
Esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso.

A lo que el sabio repuso:
- ¿Te referías a eso? Pues bien, tú lo has dicho: esos milagros sólo los puede hacer alguien muy poderoso, no un viejo como yo. Esos milagros los realiza Dios; yo sólo pido que se conceda un favor para el enfermo.
Todo el que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo.

Pero el hombre con fortuna le pidió:
- Quiero tener la misma fe para poder realizar los milagros que haces. Muéstrame un milagro para que pueda creer en tu Dios..
- Esta mañana, ¿volvió a salir el sol?-, le preguntó el sabio.
- ¡Sí, claro que sí!
- Pues ahí tienes un milagro. El milagro de la luz.

- No, yo quiero ver un VERDADERO milagro -protestó el hombre rico: oculta el sol, saca agua de una piedra.
Mira: hay un conejo herido junto al camino. Tócalo y sana sus heridas.
El sabio le volvió a preguntar:
- ¿Quieres un verdadero milagro? Bien. ¿No es verdad que tu esposa acaba de dar a luz hace algunos días?
- ¡Sí! Es varón y es mi primogénito.
- Ahí tienes el segundo milagro. El milagro de la vida.

- Sabio -replicó el terrateniente- , tú no me entiendes. Quiero ver un verdadero milagro.
Y el sabio inquirió:
- ¿Acaso no estamos en época de cosecha? ¿No hay trigo y sorgo donde hace unos meses sólo había tierra?
- Sí -respondió el hombre rico-, igual que todos los años.
- Pues ahí tienes el tercer milagro.

- Creo que no me he explicado; lo que yo quiero...
Pero antes de que pudiera terminar, el sabio lo interrumpió:
- Te has explicado bien. Yo ya hice todo lo que podía hacer por ti. Si lo que encontraste no es lo que buscabas, lamento desilusionarte.

Luego de escuchar estas palabras, el poderoso terrateniente se retiró muy contrariado por no haber encontraba lo que buscaba.

El sabio y su alumno se quedaron parados a un lado, y cuando él ya estaba muy lejos y ya no podía verlos, el sabio levantó al conejo, sopló sobre él y sus heridas quedaron curadas.

El joven estaba algo desconcertado:

- Maestro; te he visto hacer milagros como éste casi todos los días. ¿Por qué te negaste a mostrarle uno al caballero? ¿Por qué lo haces ahora que no puede verlo?

El sabio demostró su sabiduría, una vez más:
- Lo que él buscaba no era un milagro, era un espectáculo. Le mostré tres milagros y no pudo verlos. Para ser rey, antes hay que ser príncipe; para ser maestro antes hay que ser alumno. No puedes pedir grandes milagros si no has aprendido a valorar los pequeños prodigios cotidianos. El día en que aprendas a reconocer a Dios en ellos, ese día comprenderás que no necesitas más milagros que los que Dios te da todos los días, sin que tú se los hayas pedido.