Preceptos Cherokees: Escucha con tu corazon
Cuando despiertes por la mañana, agradécele al Creador, a las cuatro
direcciones, a la Madre Tierra, al Padre Cielo, y a todas nuestras
relaciones, por la vida dentro de ti y por toda la vida a tu
alrededor.
Recuerda que todas las cosas están conectadas. Todas las cosas tienen
propósito. Considera rendir un “obsequio” distribuyendo tus posesiones
a otros que están en necesidad. Estás atado a tus palabras, las cuales
no pueden romperse a no ser con el permiso de aquellos a los que se
les prometió. Busca armonía y equilibrio en todas las cosas. Siempre
es importante recordar dónde estás en relación a todo lo demás y
contribuir al Círculo de cualquier manera que puedas, siendo un
“ayudante” y protector de la vida. Compartir es la mejor parte de
recibir.
Ejerce silencio y paciencia en todas las cosas, como un reflejo de
auto-control, resistencia, dignidad, reverencia, y calma interna.
Ejerce modestia en todas las cosas, evitando fanfarroneo y
comportamiento llamativo que atraiga atención hacia ti mismo. Conoce
las cosas que contribuyen a tu bienestar, y aquellas cosas que
conducen a tu destrucción. Siempre pide permiso, y da algo por todo lo
que es recibido, incluyendo agradecer, y honrar todas las cosas
vivientes.
Sé consciente de lo que está a tu alrededor, de lo que está dentro de
ti, y siempre muestra respeto. Trata con respeto a cada persona, desde
el niño más pequeño hasta el anciano más viejo. No mires fijamente a
otros; baja tu mirada como una señal de respeto, especialmente en
presencia de Ancianos, maestros, u otras personas honradas. Siempre da
una señal de bienvenida cuando pase un amigo o un extraño. Nunca
critiques o hables sobre alguien de una forma negativa perjudicial.
Nunca toques sin permiso algo que le pertenezca a alguien más. Respeta
la privacidad de cada persona, asegurándote de nunca inmiscuirte en
los momentos tranquilos o en el espacio personal de alguien. Nunca
interfieras en los asuntos de otro haciendo preguntas u ofreciendo
consejos. Nunca interrumpas a otros. En el hogar de otras personas,
sigue sus costumbres más que las tuyas. Trata con respeto a todas las
cosas sagradas de otros, ya sea si las entiendas o no.
Trata a la Tierra como tu madre; entrégale, protégela, hónrala;
muestra profundo respeto por aquellos del mundo animal, mundo de las
plantas, y mundo mineral. Escucha la orientación ofrecida por todo tu
entorno; espera que esta orientación venga en forma de oración,
sueños, soledad silenciosa, y en palabras y hechos de Ancianos sabios,
y amigos. Escucha con tu corazón.
Aprende de tus experiencias, y siempre sé abierto a las nuevas.
Siempre recuerda que una sonrisa es algo sagrado, para ser compartido.
Vive cada día cuando llegue.
Un cuento de sabiduría Zen

Un cuento del maestro zen Ito Tenzam Chuya, sobre el maravilloso arte de una gata, relata una historia con profunda sabiduría.
En el siglo XVII, la casa de un maestro de esgrima denominado Shoken, había sido invadida por una gran rata, la cual, libremente, correteaba por toda la casa, sin que hubiesen gatos, de la casa y del vecindario, que pudiesen con ella.
Aún el mismo maestro Shoken, un día, empuñando su espada, la persiguió por todas partes sin lograr, siquiera, tocarla; al contrario, la rata, acorralada, en un dado momento, le saltó en la cara, mordiéndole.
Antes esta situación, el maestro envió en busca de una gata que gozaba de fama de ser la mejor cazadora del mundo. Cuando la trajeron, la gata no parecía tener nada de especial ni reflejaba dotes que prometieran mucho; empero, el maestro pensó que no perdía nada con probar.
Le entreabrió la puerta y la colocó en el salón dentro del cual se encontraba la enorme rata.
Con calma imperturbablem, la gata se sentó como si no esperara nada de importancia, contemplando impasible a la rata. Ésta se sorprendió de no ser atacada con la furia de los gatos anteriores y observó algo, en ella, que le causó cierta intranquilidad. La gata se encontraba inmóvil, tranquila, dominando con la mirada la situación. La rata, ya no tan segura de sí misma, quedó inmóvil.
En eso, la gata, con pleno dominio de sí, silenciosamente, se levantó, llegó hasta la rata, y con un suave movimiento la agarró con los dientes, por el cuello, y la envió a mejor vida. Todo fue rápido y sin hacer ruido, reflejando la maestría del arte. Ante esta hazaña, tanto el maestro Shoken como todos los gatos, querían saber que arte maravilloso había utilizado para vencer a la enorme rata, tan fácilmente y sin aparatosidad. Esa misma noche realizaron una reunión, cuyo puesto de honor le fue otorgado a la sabia gata zen.
Los jóvenes gatos destacaban que todos ellos gozaban enorme fama de cazadores y estaban dotados de destrezas, habilidades y técnicas, las cuales, empero, en esta oportunidad no le habían servido de nada.
Le inquirían: -"¿Con qué arte le habéis vencido tan fácilmente?", exhortándole a contarle su secreto. Ella, serena y sonriente, les dijo: -"Ustedes, gatas y gatos jóvenes, tenéis destrezas, sin embargo, precisáis adquirir el conocimiento del verdadero camino, de manera que podáis triunfar cuando os enfrentéis a nuevas e inesperadas situaciones, en el diario vivir".
-"Pero, primero, contadme como os habéis adiestrado", -preguntó la sabia gata zen. Cada una de las gatas fue tomando la palabra para exponer su experiencia. Una gata negra, dijo: -"Provengo de una casa que es famosa por la cacería de ratas, por lo que yo también decidí seguir este camino. Puedo saltar obstáculos de dos metros de altura, puedo pasar por un agujero mínimo por el que no pasaría ninguna rata. Desde niña he practicado todas las artes acrobáticas. Aún al despertarme, cuando todavía medio dormida, veo atravesar una rata por el balcón, me levanto, y ya la tengo. Pero, la rata de hoy era más fuerte y ha ganado la contienda, causándome vergüenza el hecho".
Entonces, la maestra zen, explicó: -"En lo que tú te has entrenado no es más que la técnica, es decir, el arte puramente físico. Pero, tu Espíritu inquiere como ganar, y por eso sigues apegada a la meta. Cuando los antiguos enseñaban "Técnica", lo hacían para mostrar un modo del camino. Su técnica era sencilla, pero llena de profunda sabiduría. La posteridad se centró únicamente en la técnica, que si bien ha dado ciertos resultados, pero, -¿qué se saca con eso? Sólo una destreza, pero, al costo de separarse del camino llegando hasta agotar los recursos del razonamiento lógico inductivo y deductivo. Es cierto que la lógica inductiva y deductiva es un recurso del Espíritu, pero es preciso seguir el recto camino que conduce a la meditación y práctica del "sentido correcto" que despierta la conciencia intuitiva, percibiendo la visión certera de qué, del cómo, del cuándo, del dónde, del quién, del cuánto y del por qué"-.
Al final, la gata zen, sorprendió a todos con lo que siguió diciendo: -"Esto que les he dicho, no deben pensar que es la última palabra; en absoluto. Hace poco tiempo, en un aldea cercana a la mía, vivía un gato, quien dormía todo el día y no reflejaba ser poseedor de alguna fuerza espiritual en especial. Solía descansar en profunda relajación como si fuese un pesado trozo de madera. Nadie le había observado cazando una rata. Sin embargo, cosa curiosa, donde él se encontraba, jamás habían ratas. Y, en cualquier lugar donde él anduviese o se echase, no se acercaba, nunca, ninguna rata. En cierta oportunidad le pedí que me ensañara su arte extraordinario; pero él no me explicó nada y no me daba la respuesta que yo anhelaba oír. Le pregunté tres veces seguidas, pero él continuaba callando. Me percaté de que, en realidad, no era que él no quisiera contestarme, simplemente, él no sabía que contestarme. Él dominaba el arte por intuición y por inspira ción en conexión con la fuente y no por el cultivo objetivo; sabía sin saber cómo sabía; habiendo alcanzado la conciencia intuitiva, se había vuelto "nada", alcanzando el más alto grado de la no intencionalidad, hallando el divino camino del guerrero: vencer sin hacer daño".
EL CUENTO DEL SILLÓN DE MIMBRE
Hermann Hesse
Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor;
pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía
tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo -algo mayor y había adquirido la costumbre
de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos
llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho.
-Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto -decía para sus adentros-,
esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se
nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo. únicamente me falta bajar un poquito
más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica.
Sólo que al volver a contemplar los dibujos al cabo de cierto tiempo, en general ya no le
gustaban nada. Eso le incomodaba, pero dedujo que se debía a que estaba progresando y cada
vez se exigía más.
La relación del joven con su buhardilla y con las cosas que allí tenía no era de las más
deseables e íntimas, pero no obstante tampoco era mala. No les hacía más ni menos injusticia
de lo habitual entre la mayoría de la gente, a duras penas las veía y las conocía poco.
En ocasiones, cuando no acababa, una vez más, de lograr un autorretrato, leía libros en los
que trababa conocimiento con las experiencias de otros hombres que, al igual que él, habían
comenzado siendo jóvenes modestos y totalmente desconocidos, y después habían llegado a
ser muy famosos. Le gustaba leer esos libros, y en ellos leía su futuro.
Un día estaba sentado en casa, malhumorado otra vez y deprimido, leyendo el relato de la
vida de un pintor holandés muy famoso. Leyó que ese pintor sufría una verdadera pasión,
incluso un delirio, que estaba absolutamente dominado por una urgencia de llegar a ser un
buen pintor. El joven pensó que ese pintor holandés se le parecía bastante. Al proseguir la
lectura fue descubriendo muchos detalles que muy poco tenían en común con su propia
experiencia. Entre otras cosas leyó que cuando hacía mal tiempo y no era posible pintar al aire
libre, ese holandés pintaba, con tenacidad y lleno de pasión, todos los objetos sobre los que se
posaba su mirada, incluso los más insignificantes. Así, una vez había pintado un viejo taburete
desvencijado, un basto, burdo taburete de cocina campesina hecho de madera ordinaria, con
un asiento de paja trenzada bastante gastado. Con tanto amor y tanta fe, con tanta pasión y
tanta entrega había pintado el artista ese taburete, el cual con toda certeza nunca hubiese
merecido la atención de nadie de no mediar esa circunstancia que había llegado a constituir
uno de sus cuadros más bellos. El escritor empleaba muchas palabras hermosas, incluso
conmovedoras, para describir ese taburete pintado.
Llegado a ese punto, el lector se detuvo y reflexionó. Había descubierto algo nuevo y debía
intentarlo. Inmediatamente -pues era un joven de determinaciones extraordinariamente
rápidas- decidió imitar el ejemplo de ese gran maestro y probar también ese camino hacia la
fama.
Echó un vistazo a su buhardilla y advirtió que, de hecho, hasta entonces se había fijado
realmente muy poco en las cosas entre las cuales vivía. No logró encontrar ningún taburete
desvencijado con un asiento de paja trenzada, tampoco había ningún par de zuecos; ello le
afligió y le desanimó un instante y estuvo a punto de sucederle lo de tantas otras veces,
cuando la lectura del Mato de la vida de los grandes hombres le había hecho desfallecer:
entonces comprendió que le faltaban y buscaba en vano precisamente todas esas menudencias
e inspiraciones y maravillosas providencias que de modo tan agradable intervenían en la vida
de aquellos otros. Pero pronto se recompuso y se hizo cargo de que en ese momento era
totalmente cosa suya emprender con tesón el duro camino hacia la fama. Examinó todos los
objetos de su cuartito y descubrió un sillón de mimbre, que muy bien podría servirle de
modelo.
Acercó un poco el sillón con el pie, afiló su lápiz de dibujante, apoyó el cuaderno de bocetos
sobre la rodilla y comenzó a dibujar. Consideró que la forma ya quedaba bastante bien
indicada con un par de ligeros trazos iniciales y, con rapidez y energía, pasó a delinear el
contorno con un par de trazos gruesos. Le cautivó una profunda sombra triangular en un
rincón, vigorosamente la reprodujo, y así fue tirando adelante hasta que algo comenzó a
estorbarle.
Continuó aún un rato más, luego levantó el cuaderno a cierta distancia y contempló su dibujo
con ojo critico. Entonces advirtió que el sillón de mimbre quedaba muy desfigurado.
Encolerizado, añadió una línea, y después fijó una mirada furibunda sobre el sillón. Algo
fallaba. Eso le enfadó:
-¡Maldito sillón de mimbre! -gritó con vehemencia 1 ¡en mi vida había visto un bicho tan
caprichoso!
El sillón crujió un poco y replicó serenamente:
-¡Vamos, mírame! Soy como soy y ya no cambiaré.
El pintor le dio un puntapié. Entonces el sillón retrocedió y volvió a adquirir un aspecto
totalmente distinto.
-¡Estúpido sillón -gritó el jovenzuelo-, todo lo tienes torcido e inclinado!
El sillón sonrió un poco y dijo con dulzura:
-Eso es la perspectiva, jovencito.
Al oírlo, el joven gritó:
-¡Perspectiva! -gritó airado-. ¡Ahora este zafio sillón quiere dárselas de maestro! ¡La
perspectiva es asunto mío, no tuyo, no lo olvides!
Con eso, el sillón no volvió a hablar. El pintor se puso a recorrer enérgicamente el cuarto,
hasta que abajo alguien golpeó enfurecido. el techo con un palo. Ahí abajo vivía un anciano,
un estudioso, que no soportaba ningún ruido.
El joven se sentó y volvió a ocuparse de su último autorretrato. Pero no le gustó. Pensó que en
realidad su aspecto era más atractivo e interesante, y era cierto.
Entonces quiso proseguir la lectura de su libro. Pero seguía hablando de ese taburete de paja
holandés y eso le molestó. Le parecía que verdaderamente armaban demasiado alboroto por
ese taburete y que en realidad...
El joven sacó su sombrero de artista y decidió ir a dar una vuelta. Recordó que en otra
ocasión, mucho tiempo atrás, ya le había llamado la atención cuán insatisfactoria resultaba la
pintura. Sólo deparaba molestias y desengaños y, por último, incluso el mejor pintor del
mundo sólo podía representar la simple superficie de las cosas. A fin de cuentas ésa no era
profesión adecuada para una persona amante de lo profundo. Y, de nuevo, como ya tantas
otras veces, consideró seriamente la idea de seguir una vocación aún más temprana: mejor ser
escritor. El sillón de mimbre quedó olvidado en la buhardilla. Le dolió que su joven amo se
hubiese marchado ya. Había abrigado la esperanza de que por fin llegaría a entablarse entre
ellos la debida relación. Le hubiese gustado muchísimo decir una palabra de vez en cuando, y
sabía que podía enseñar bastantes cosas útiles a un joven. Pero, desgraciadamente, todo se
malogró.
Ejerciendo la Maestría...
Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar.¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y,
además, se pasaba el tiempo golpeando.
El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darl ...e muchas vueltas para que sirviera de algo.
Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.
Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que siempre se la pasaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto.
En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial que se convirtió en un lindo mueble.
Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:
"Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos".
La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.
Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.
Es fácil encontrar defectos, cualquier tonto puede hacerlo, pero encontrar cualidades, eso es para los espíritus superiores que son capaces de inspirar todos los éxitos humanos.
EL CUENTO DE LAS ARENAS.
Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desapare cían en las arenas tan pronto llegaba a éstas.
Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:
"El Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río"
El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.
"Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino"
-¿Pero cómo esto podrá suceder? "CONSINTIENDO EN SER ABSORBIDO POR EL VIENTO".
Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?" "El viento", dijeron las arenas, "cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río"
-¿Cómo puedo saber que esto es verdad?
"Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."
-¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?
"Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."
Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó --¿o le pareció?-- que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí, ahora conozco mi verdadera identidad". El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña"
"Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas."
El relato de los boshongo
Los boshongo son una tribu del actual Zaire y en su cosmogonía está también presente la idea de la oscuridad preexistente y el agua original. En este mito es nuevamente la voluntad de un dios, Bumba, la que permite la aparición del mundo. También podemos considerar que este mito se desarrolla en varias fases, ya que son los hijos de este dios los que finalizan la creaci ón.
Según el relato de los boshongo, al principio, sólo había oscuridad y Bumba estaba sólo. Un día Bumba se sentía atormentado por su terrible dolor de estómago. A continuación sintió nauseas y al realizar un esfuerzo vomitó el sol; y así la luz se difundió por todas partes. El calor del sol hizo que parte de las aguas primitivas se secasen, de manera que en algunas zonas empezó a aparecer tierra seca. Después Bumba vomitó la luna y las estrellas, de forma que la noche tuvo también su luz.
Nuevamente Bumba se sintió mal y realizó otro esfuerzo, tras lo cual aparecieron nueve criaturas vivas: el leopardo, el águila, el cocodrilo, un pez, la tortuga, el rayo (llamado Tsetse), la garza blanca, un escarabajo y un cabrito. Por último apareció el ser humano; había muchos hombres, pero sólo uno era blanco como Bumba: Loko Yima. Esas criaturas crearon a su vez nuevas criaturas.
Entonces, los tres hijos de Bumba (Nyonye Ngana, Chongannda y Chedi Bumba) dijeron a su padre que ellos terminarían de hacer el mundo. De todas las criaturas solamente Tsetse, el rayo, creaba problemas. Tanto mal hizo que Bumba lo atrapó y lo encerró en el cielo. La humanidad se quedó entonces sin fuego, hasta que Bumba enseño al hombre cómo sacar fuego de los árboles.
Cuando finalmente la obra de la creación estuvo acabada, Bumba se paseó entre los pueblos y dijo a los hombres: «Mirad todas estas maravillas. Os pertenecen». Del dios Bumba, el creador, el «Primer Antepasado», proceden todas las cosas y todos los seres.
EL RELATO DE LOS BOSHONGO. ZAIRE
Al principio sólo había oscuridad y Bumba estaba sólo. Un día Bumba se sentía atormentado por su terrible dolor de estómago. A continuación sintió nauseas y al realizar un esfuerzo vomitó el sol; y así la luz se difundió por todas partes.
El calor del sol hizo que parte de las aguas primitivas se secasen, de manera que en algunas zonas empezó a aparecer tierra seca. Después Bumba vomitó la luna y las estrellas, de forma que la noche tuvo también su luz.
Nuevamente Bumba se sintió mal y realizó otro esfuerzo, tras lo cual aparecieron nueve criaturas vivas: el leopardo, el águila, el cocodrilo, un pez, la tortuga, el rayo (llamado Tsetse), la garza blanca, un escarabajo y un cabrito. Por último apareció el ser humano, había muchos hombres, pero sólo uno era blanco como Bumba: Loko Yima. Esas criaturas crearon a su vez nuevas criaturas.
Entonces, los tres hijos de Bumba (Nyonye Ngana, Chongannda y Chedi Bumba) dijeron a su padre que ellos terminarían de hacer el mundo. De todas las criaturas solamente Tsetse, el rayo, creaba problemas. Tanto mal hizo que Bumba lo atrapó y lo encerró en el cielo. La humanidad se quedó entonces sin fuego, hasta que Bumba enseñó al hombre cómo sacar fuego de los árboles.
Cuando finalmente la obra de la creación estuvo acabada, Bumba se paseó entre los pueblos y dijo a los hombres: Mirad todas estas maravillas. Os pertenecen. Del dios Bumba, el creador, el Primer Antepasado, proceden todas las cosas y todos los seres.
EL RELATO DE LOS YORUBA. NIGERIA
Hay dos versiones:
1ª.- El gran dios Olorun, pidió a Orishala que bajase del cielo y crease la primera tierra en Ile-Ife. Orishala se retrasó y fue su hermano Oduduwa quien cumplió esta tarea. Afortunadamente, más tarde otros dieciséis orisha descendieron de los cielos para crear al ser humano y vivir con él en la Tierra. Entre ellos, Obatala, uno de los dioses más importantes para los yoruba; Obatala es el creador del cuerpo humano, en el cual su padre Olorun introdujo el alma.
La tradición señala además que son los descendientes de cada una de esas divinidades (orisha) los que se encargaron de difundir la cultura y los principales elementos de la religión yoruba por el resto del territorio yoruba.
2ª.- Oloru, el dios del cielo, lanzó una gran cadena desde el cielo hacia las antiguas aguas. Por esa cadena descendió su hijo Oduduwa.
Oduduwa llevó consigo un puñado de tierra, una gallina especial con cinco dedos y una simiente. Entonces Oduduwa arrojó el puñado de tierra sobre el agua original y colocó a la gallina de cinco dedos sobre la tierra; la gallina comenzó a rascar la tierra y la esparció y dispersó hasta que formó el primer espacio de tierra seco.
En el centro de este nuevo mundo, Oduduwa fundó el magnífico reino de Ife y plantó la simiente que creció hasta convertirse en un estupendo y gran árbol con 16 ramas, que simbolizan los 16 hijos y nietos de Oduduwa.

ALGUNOS PUEBLOS CENTROAFRICANOS
Hubo un tiempo en que el ser superior Mulukú se propuso hacer brotar, de la tierra misma, a la primera pareja de la que todos descendemos. Mulukú, que dominaba el oficio de la siembra o, por mejor decir, era el sembrador por excelencia, hizo dos agujeros en el suelo.
De uno surgió una mujer, del otro surgió un hombre. Ambos gozaban de la simpatía y el cariño de su hacedor y, por lo mismo, decidió enseñarles todo lo relativo a la tierra y su cultivo. Les proveyó, además, de herramientas para cavar y mullir el suelo y para cortar, o podar árboles secos, y para clavar estacas. Puso en sus manos semillas de mijo para sembrar en la tierra y, en fin, les mostró la manera de vivir por sí mismos, sin dependencia alguna de cualesquiera otras criaturas.
Sin embargo, cuenta la leyenda que la primera pareja de nuestra especie desatendió todos los consejos que la deidad les había dado y que, por lo mismo, abandonaron las tierras, las cuales terminaron convirtiéndose en eriales y campos yermos. Y, así, la primera pareja consumó su desobediencia, con lo que su hacedor los trastocó en monos.
Mulukú montó en cólera y arrancó la cola de los monos para ponérsela a la especie humana. Al propio tiempo ordenó a los monos que fueran humanos y a los humanos que fueran monos; depositó en éstos su confianza, mientras que se la retiraba a los humanos. Y dijo a los monos: Sed humanos. Y a los humanos: Sed monos.
SOBRE LA GUERRA

El jefe de la tribu de Chi estaba a punto de atacar el pequeño principado de Chuan Yu.
Jan Yu y Chi Lu vinieron a ver a Confucio, y dijeron:
-Nuestro señor va a luchar con Chuan-Yu.
Confucio dijo :
-¿No tienes tú la culpa de esto, Ch'iu ? Los antiguos reyes, en tiempos remotos, hicieron
de Chuan-Yu, el centro de las adoraciones de la montaña oriental de Meng, y además
está situada en el territorio de Lu. Su gobernante tiene funciones sacerdotales
independientes. ¿Qué derecho tenéis de atacarle?
Jan Yu replicó:
-Así es el deseo de nuestro jefe; nosotros, sus ministros, no tenemos ningún deseo de
obrar así.
-Ch'iu -dijo Confucio- recuerda el dicho de Chou Jen: «Si te sientes capaz de tener
energía, gobierna; si no, dimite» . ¿Para qué sirve un ministro que no apoya a su amo en
el peligro, ni le sostiene cuando va a caer ? No tienes razón además en lo que dices.
Porque si un tigre o un búfalo se escapan de la jaula, si una concha o un rico ornamento
se rompen, ¿de quién es la falta?
Jan Yu replicó:
-Pero Chuan-Yu está bien fortificado y cerca; de nuestro propio pueblo Pí. Si no lo
vencemos ahora, dará motivo de disgustos a nuestros descendientes en sucesivas
generaciones.
Confucio replicó:
-Ch'iu, todo hombre honrado odia tu hipocresía, que no reconoce abiertamente su
ambición, sinó que procura excusarla. Yo he oído decir que el gobernante de una tribu
o estado no tiene dificultades por ser éste pequeño, sino por la ausencia de Justicia; no
por la pobreza, sino por el descontento.
Porque donde hay justicia, no hay pobreza; donde hay armonía, no se sienten pocos en
número; donde hay satisfacción, no hay revoluciones.
Siendo esto así, si los que viven a tu alrededor resisten a tu autoridad, cultiva un arte de
refinamiento y bondad para atraerlos, y cuando los hayas atraído, hazles felices.
Vosotros dos, Yu y Ch'iu, estáis secundando a vuestro amo; he aquí un pueblo vecino
que resiste a vuestra autoridad, y no le podéis atraer.
Reinan disensiones en vuestro Estado, y no las podéis evitar.
¿Y aún pensáis realizar agresiones dentro de vuestra frontera?
Ciertamente temo que Chi-sun tenga dificultades, pero no con Chuan-Yu, sino en el
interior de su palacio.
ALEGORÍA HINDÚ DEL CARRUAJE Y EL COCHERO
Un día de octubre, una voz familiar en el teléfono me dice:
—Salí a la calle que hay un regalo para vos.
Entusiasmado, salgo a la vereda y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo justo frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy “chic”. Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular forrado en pana bordó y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado exclusivamente para mí, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo... todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.
Entonces miro por la ventana y veo “el paisaje”: de un lado el frente de mi casa, del otro el frente de la casa de mi vecino... y digo: “¡Qué bárbaro este regalo! Qué bien, qué lindo...” Y me quedo un rato disfrutando de esa sensación.
Al rato empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.
Me pregunto: “¿Cuánto tiempo uno puede ver las mismas cosas?” Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.
De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome:
—¿No te das cuenta que a este carruaje le falta algo?
Yo pongo cara de qué-le-falta mientras miro las alfombras y los tapizados.
—Le faltan los caballos —me dice antes que llegue a preguntarle.
Por eso veo siempre lo mismo —pienso—, por eso me parece aburrido...
—Cierto —digo yo.
Entonces voy hasta el corralón de la estación y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde adentro grito:
—¡¡Eaaaaa!!
El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.
Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una rajadura en uno de los laterales.
Son los caballos que me conducen por caminos terribles; agarran todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.
Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de na-da; los caballos me arrastran a donde ellos quieren.
Al principio, ese derrotero era muy lindo, pero al final siento que es muy peligroso.
Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.
En ese momento, veo a mi vecino que pasa por ahí cerca, en su auto. Lo insulto:
—¡Qué me hizo!
Me grita:
—¡Te falta el cochero!
—¡Ah! —digo yo.
Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero. A los pocos días asume funciones. Es un hombre formal y circunspecto con cara de poco humor y mucho conocimiento.
Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.
Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.
Él conduce, él controla la situación, él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.
Yo... Yo disfruto del viaje.
Esta pequeña alegoría debería servirnos para entender el concepto holístico del ser.
Alegoría de la India

CUENTO DE EL PROFETA DE KHALIL GIBRAN
Y UN EREMITA que anualmente visitaba la ciudad, se adelantó y dijo: Háblanos del placer.
Y él contestó:
El placer es una canción de libertad. Pero no es la libertad.
Es el florecimiento de vuestros deseos, mas no su fruto.
Es un abismo llamando a una altura. Pero no es el abismo ni la altura.
Es el enjaulado que despliega sus alas. Sin abarcar con ellas el espacio.
¡Ay! En verdad, el placer es una canción de libertad.
Y me conmovería si la cantarais con plenitud de corazón. Sin embargo, no querría que vuestros corazones se perdieran cantando.
Algunos de vuestros jóvenes buscan el placer como si eso lo fuera todo, y son juzgados y censurados.
Yo no los juzgaría ni censuraría. Prefiero que lo busquen.
Porque ellos hallarán el placer, mas no solo.
Siete son sus hermanas, y la más humilde de ellas, es más hermosa que el placer.
¿No habéis oído hablar del hombre que, cavando la tierra en busca de raíces, halló un tesoro?
Y algunos de vuestros ancianos recuerdan los placeres con pesar, como faltas cometidas en la ebriedad.
Pero el pesar es el obscurecimiento de la inteligencia y no su castigo.
Deberían recordar sus placeres con gratitud, como se recuerda la cosecha de un verano.
Empero, si este pesar los conforta, dejadlos, que en eso está su placer.
Y hay algunos entre vosotros que no sois ni jóvenes para buscar ni ancianos para recordar.
Y en su temor de buscar y recordar, evitan todos los placeres por miedo a descuidar u ofender al espíritu.
Pero, aún en su privación hallan placer.
Y así, ellos también encuentran un tesoro, aunque caven con manos temblorosas en busca de raíces.
Pero decidme, ¿quién es capaz de ofender al espíritu?
¿Podrá el ruiseñor ofender al silencio de la noche, o la luciérnaga a los astros?
¿Y podrá vuestra flama o vuestro humo agobiar al viento?
¿Pensáis que el espíritu es agua estancada que podéis enturbiar agitándola?
Muchas veces, al privaros de un placer, no hacéis sino almacenar el deseo en los escondrijos de vuestro ser.
¿Quién sabe si aquello que refrenamos hoy, florecerá en nosotros mañana?
Hasta vuestro cuerpo conoce su herencia y sus legítimas necesidades y no quiere ser engañado.
Y vuestro cuerpo es el arpa de vuestra alma.
Y de vosotros depende el que os procure suaves músicas o sonidos confusos.
Y ahora, preguntaos en vuestro corazón: “¿Cómo distinguir lo que es bueno en el placer de aquello que no lo es?”
Id a vuestros campos y a vuestros jardines y aprenderéis que el placer de la abeja está en libar la miel de las flores.
Así como el placer de la flor está en brindar su miel a la abeja.
Porque para la abeja, una flor es fuente de vida; y para la flor, una abeja es mensajera de amor.
Y para ambas, abeja y flor, el dar y recibir placeres es necesidad y éxtasis.
¡Pueblo de Orfalís! Sed en vuestros placeres como las flores y las abejas.
(de "EL PROFETA")
EL POZO DEL LEON
Los animales vivían todos con el temor del león. Las grandes selvas y las vastas praderas les parecían demasiado pequeñas. Se pusieron de acuerdo y fueron a visitar al león. Le dijeron:
"Deja de perseguirnos. Cada día, uno de nosotros se sacrificará para servirte de alimento. Así, la hierba que comem ... os y el agua que bebemos no tendrán ya este amargor que les encontramos."
El león respondió:
"Si eso no es una astucia vuestra y cumplís esta promesa, entonces estoy perfectamente de acuerdo. Conozco demasiado las triquiñuelas de los hombres y el profeta dijo: "El fiel no repite dos veces el mismo error"."
"¡Oh, sabio! -dijeron los animales-, es inútil querer protegerse contra el destino. No saques tus garras contra él. ¡Ten paciencia y sométete a las decisiones de Dios para que El te proteja!"
"Lo que decís es justo -dijo el león-, pero más vale actuar que tener paciencia, pues el profeta dijo: "Es preferible que uno ate su camello!""
Los animales:
"Las criaturas trabajan para el carnicero. No hay nada mejor que la sumisión. Mira el niño de pecho; para él, sus pies y sus manos no existen pues son los hombros de su padre los que lo sostienen. Pero cuando crece, es el vigor de sus pies el que lo obliga a tomarse el trabajo de caminar."
-Es verdad, reconoció el león, pero ¿por qué cojear cuando tenemos pies? Si el dueño de la casa tiende el hacha a su servidor, éste comprende lo que debe hacer. Del mismo modo, Dios nos ha provisto de manos y de pies. Someterse antes de llegar a su lado, me parece una mala cosa. Pues dormir no aprovecha sino a la sombra de un árbol frutal. Así el viento hace caer la fruta necesaria. Dormir en medio de un camino por el que pasan bandidos es peligroso. La paciencia no tiene valor sino una vez que se ha sembrado la semilla."
Los animales respondieron:
"Desde toda la eternidad, miles de hombres fracasan en sus empresas, pues, si una cosa no se decide en la eternidad, no puede realizarse. Ninguna precaución resulta útil si Dios no ha dado su consentimiento. Trabajar y adquirir bienes no debe ser una preocupación para las criaturas."
Así, cada una de las partes desarrolló sus ideas por medio de muchos argumentos pero, finalmente, el zorro, la gacela, el conejo y el chacal lograron convencer al león.
Así pues, un animal se presentaba al león cada día y éste no tenía que preocuparse ya por la caza. Los animales respetaban su compromiso sin que fuese necesario obligarlos.
Cuando llegó el turno al conejo, éste se puso a lamentarse. Los demás animales le dijeron:
"Todos los demás han cumplido su palabra. A ti te toca. Ve lo más aprisa posible junto al león y no intentes trucos con él."
El conejo les dijo:
"¡Oh, ámigos míos! Dadme un poco de tiempo para que mis artimañas os liberen de ese yugo. Eso saldréis ganando, vosotros y vuestros hijos."
-Dinos cuál es tu idea, dijeron los animales.
-Es una triquiñuela, dijo el conejo: cuando se habla ante un espejo, el vaho empaña la imagen."
Así que el conejo no se apresuró a ir al encuentro del león. Durante ese tiempo, el león rugía, lleno de impaciencia y de cólera. Se decía:
"¡Me han engañado con sus promesas! Por haberlos escuchado, me veo en camino de la ruina. Heme aquí herido por una espada de madera. Pero, a partir de hoy, ya no los escucharé."
Al caer la noche, el conejo fue a casa del león. Cuando lo vio llegar, el león, dominado por la cólera, era como una bola de fuego. Sin mostrar temor, el conejo se acercó a él, con gesto amargado y contrariado. Pues unas maneras tímidas hacen sospechar culpabilidad. El león le dijo:
"Yo he abatido a bueyes y a elefantes. ¿Cómo es que un conejo se atreve a provocarme?"
El conejo le dijo:
"Permíteme que te explique: he tenido muchas dificultades para llegar hasta aquí. Había salido incluso con un amigo. Pero, en el camino, hemos sido perseguidos por otro león. Nosotros le dijimos: "Somos servidores de un sultán " Pero él rugió: "¿Quién es ese sultán? ¿Es que hay otro sultán que no sea yo?" Le suplicamos mucho tiempo y, finalmente, se quedó con mi amigo, que era más hermoso y más gordo que yo. De modo que otro león se ha atravesado en nuestros acuerdos. Si deseas que mantengamos nuestras promesas, tienes que despejar el camino y destruir a este enemigo, pues no te tiene ningún temor."
-¿Dónde está? dijo el león. ¡Vamos, muéstrame el camino!"
El conejo condujo al león hacia un pozo que había encontrado antes. Cuando llegaron al borde del pozo, el conejo se quedó atrás. El león le dijo:
"¿Por qué te detienes? ¡Pasa delante!"
"Tengo miedo, dijo el conejo. ¡Mira qué pálida se ha puesto mi cara!"
-¿De qué tienes miedo?" preguntó el león.
El conejo respondió:
"¡En ese pozo vive el otro león!"
-Adelántate, dijo el león. ¡Echa una ojeada sólo para verificar si está ahí!
-Nunca me atreveré, dijo el conejo, si no estoy protegido por tus brazos."
El león sujetó al conejo contra él y miró al pozo. Vio su reflejo y el del conejo. Tomando este reflejo por otro león y otro conejo, dejó al conejo a un lado y se tiró al pozo.
Esta es la suerte de los que escuchan las palabras de sus enemigos. El león tomó su reflejo por un enemigo y desenvainó contra sí mismo la espada de la muerte.
RUMI.
"Me parece que tengo una estratagema para que continúe habiendo hombres y dejen de ser insolentes, al hacerse más débiles. Ahora mismo, en efecto -continuó- voy a cortarlos en dos a cada uno, y así serán al mismo tiempo más débiles y más útiles para nosotros, al haber aumentado su ... número. Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola por naturaleza. Desde hace tanto tiempo, pues, el amor de unos a otros es innato en los hombres y aglutinador de la antigua naturaleza, y trata de hacer un solo individuo de dos. Así pues, cuando se tropiezan con aquella verdadera mitad de sí mismos, sienten un maravilloso impacto de amistad, de afinidad y de amor, de manera que no están dispuestos a separarse.
De El Banquete de Platón"
BAHAUDIN Y EL CAMINANTE
Bahaudin el-Shah, gran maestro de los derviches Naqshbandi, encontró un día a un compañero en la gran plaza de Bujara.
El recién llegado era un kalendar* errante de los Malamati, los "Censurables", Bahaudin estaba rodeado por sus discípulos.
"¿De dónde vienes?", le preguntó el viajero, con la expresión sufí habitual.
"No tengo ni idea", dijo el otro, riendo estúpidamente.
Algunos de los discípulos de Bahaudin murmuraron su desaprobación por esta falta de respeto.
"¿Adónde vas?", prosiguió Bahaudin.
"No sé", gritó el derviche.
"¿Qué es el Bien?"
Para entonces ya se había reunido una gran multitud.
"No lo sé."
"¿Qué es el mal?"
"No tengo ni idea."
"¿Qué es lo Correcto?"
"Todo lo que es bueno para mí."
"¿Qué es lo Equivocado?"
"Todo lo que es malo para mí."
Las gentes, agotada su paciencia e irritada por este derviche, lo apartaron. Éste se fue caminando decididamente a grandes pasos en una dirección que no llevaba a ninguna parte, muy lejos.
"¡Idiotas!", dijo Bahaudin Naqshband, "este hombre estaba representando el papel dela humanidad. Mientras vosotros le despreciabais, él estaba mostrando deliberadamente la falta de atención que todos vosotros mostráis, de forma inconsciente, todos los días de vuestras vidas".
LA LECHE Y EL SUERO
Murid Laki Humayun le planteó esta cuestión al maulana* Bahaudin:
"En la ciudad de Gulafshan hay un círculo de seguidores. Algunos de ellos están en la etapa de los ejercicios, pero la mayoría son los que se reúnen todas las semanas para aprender de las acciones y enseñanzas del murshid (el guía).
Muchos de los murids (discípulos) entienden el significado de los cuentos y los hechos, y los utilizan para corregir su comportamiento externo e interno.
Sin embargo, muchos de los simples seguidores no parecen beneficiarse de los hechos y de las acciones, buscando en su lugar libros y enseñanzas que les den promesas concretas de progreso.
¿Por qué los discípulos sienten dolor cuando los seguidores normales no consiguen entender el significado de las historias y los sucesos? ¿Por qué, como muchos son amigos íntimos entre sí, querrían que no hubiera diferencias entres los discípulos y los simples seguidores?"
Bahaudin replicó:
"La condición de discípulo se instituyó para quienes pueden aprender sin perseguir burdos objetivos. Los discípulos que se afligen porque sus compañeros no aprenden de la misma manera, se afligen porque creen que el afecto debe producir capacidad. Sin embargo, la capacidad se merece o no se merece; el afecto se da y se toma.
"En los grupos accidentales de personas que se reúnen para recibir una misma enseñanza, siempre se produce un corte cuando empieza a operarse una ampliación de la misma, al igual que el suero se separa de la leche en presencia del agente de agitación, que puede estar manifiesto u oculto, pero no ello menos presente. Es como la sacudida del cuenco de la leche. La gente se cree que cuando se produce un movimiento brusco (jumbish), le va a afectar de la misma forma que al suero de la leche. Pero tanto la mantequilla como la leche desnatada tienen sus funciones, aunque es posible que en terrenos diferentes."
EL TALISMÁN
Se cuenta que un faquir que quería aprender sin esfuerzo, abandonó después de un tiempo el círculo del sheikh* Shah Gwath Shattar. Cuando Shattar se estaba despidiendo de él, el faquir dijo:
"¡Tienes fama de poder enseñar toda la sabiduría en un abrir y cerrar de ojos y, sin embargo, pretendes que yo pase mucho tiempo contigo!"
"Todavía no has aprendido a aprender cómo aprender; pero descubrirás lo que quiero decir", dijo el sufí.
Aunque el faquir había anunciado su marcha, se deslizaba a hurtadillas en la tekkia todas las noches para escuchar lo que decía el sheik. No mucho tiempo después, una noche, vio cómo Shah Gwath sacaba una joya de un cofre de metal tallado. Sostuvo la joya sobre las cabezas de sus discípulos diciendo: "Éste es el receptáculo de mi conocimiento, y no es otro que el Talismán de la Iluminación."
"Así que éste es el secreto del poder del sheikh", pensó el faquir.
Avanzada la noche, entró en la sala de meditación y robó el talismán. Pero en sus manos la joya, por mucho que lo intentó, no producía ni poder ni secretos. Se llevó una amarga decepción.
Se estableció como maestro y consiguió discípulos. Con la ayuda del talismán, intentó una y otra vez iluminarse a sí mismo y a sus discípulos, pero sin resultado alguno.
Un día estaba sentado en su santuario, después de que sus discípulos se hubieran acostado, concentrado en sus problemas, cuando Shattar apareació ante él.
"¡Oh, faquir!", dijo Shah Gwath, "siempre puedes robar algo, pero no siempre puedes conseguir que funcione. Podrás robar incluso el conocimiento, pero tal vez te resulte inútil, como le pasó al ladrón que robó la cuchilla del barbero, que estaba fabricada con el conocimiento del forjador, pero que carecía del conocimiento del barbero. El ladrón se estableció como barbero y murió en la miseria porque no fue capaz de afeitar ni una barba, pero, sin embargo, sí cortó varias gargantas."
"Pero yo tengo el talismán, y tú no", dio el faquir.
"Sí, tú tienes el talilsmán, pero yo soy Shattar", dijo el sufí. "Yo, con mis facultades, puedo hacer otro talismán. Tú, con el talismán, no puedes convertirte en Shattar."
"¿Entonces, por qué has venido?, ¿sólo para torturarme?", gritó el faquir.
"Vengo para decirte que si no hubieras sido tan ingenuo como para pensar que tener una cosa es lo mismo que poder ser transformado por ella, habrías estado preparado para aprender cómo aprender."
Pero el faquir pensó que el sufí sólo estaba tratando de recuperar su talismán, y como no estaba preparado para aprender cómo aprender, decidió continuar con sus experimentos.
Sus discípulos continuaron haciéndolo: y sus seguidores, y los seguidores de sus seguidores. De hecho, los rituales que se originaron en sus incansables experimentaciones, constituyen hoy en día la esencia de su religión. Nadie podría imaginar, tan santificadas están por el tiempo estas prácticas, que su origen se encuentra en los hechos que acabamos de relatar.
A los ancianos practicantes de esta fe, además se les tiene por tan venerables e infalibles, que estas creencias nunca morirán.
LA DISCUSIÓN CON LOS ACADÉMICOS
Se cuenta que una vez le preguntaron a Bahaudin Naqshband:
"¿Por qué no discutes con los eruditos? Tal y tal sabio lo hacen con frecuencia. Ello causa la total confusión de los eruditos y la invariable admiración de sus propios discípulos."
Él respondió: "Ve a preguntarles a quienes se acuerden de la época en que yo también discutía con los académicos. Solía refutar sus conjeturas y sus pruebas imaginarias con relativa facilidad. Te lo pueden decir los que presenciaron aquellas discusiones. Pero, un día, un hombre más sabio que yo me dijo:
"Avergüenzas tan a menudo y de forma tan previsible a los hombres estudiosos, que acabas cayendo en la monotonía. Y eso sucede porque lo haces sin objetivo alguno, ya que los académicos no tienen capacidad de comprensión y siguen disputando mucho tiempo después de que sus opiniones han sido echadas por tierra." Y añadió: "Tus alumnos están en continuo estado de admiración por tus victorias. Han aprendido a admirarte, y en vez de eso, deberían haber percibido la inutilidad y falta de consistencia de tus adversarios. Por tanto, esa victoria tuya no es completa; así que has fallado, pongamos, en una cuarta parte.
"Además, tus discípulos gastan mucho tiempo en esa admiración, en vez de fijarse en algo más provechoso. Por lo que has fracasado quizá en otra cuarta parte. Dos cuartos son igual a una mitad. Te queda media oportunidad."
"Eso ocurrió hace veinte años. He ahí la razón por la que ni me preocupo de los eruditos, ni molesto a los demás a cuenta de éstos, sea para alcanzar la victoria o para ser derrotado.
"De vez en cuando, uno puede asestar un golpe a los que se autodenominan eruditos, para demostrar su vaciedad a los estudiantes: es como si se golpeara una olla vacía. Hacer algo más es una pérdida de tiempo, y sería equivalente a darles a los intelectuales, prestándoles una atención gratuita, una importancia que sin duda no podrían alcanzar por su cuenta."
ALGO QUE APRENDER DE MIRI
El renombrado sabio sufí Baba Saifdar tuvo un discípulo llamado Miri, que solía quejarse de que Saifdar apenas hablaba con él después de haberlo admitido como discípulo suyo.
"Me encontraba mucho mejor antes de que me hiciera su alumno", decía, "porque entonces por lo menos me trataba como un amigo y podía disfrutar de su compañía".
Baba Saifdar, sin embargo, conocía la condición interior de su alumno, pero no aludía a ella en sus escasos encuentros. Prefería esperar la ocasión adecuada para hacerle una demostración efectiva dela relación que mantenían y de su significado.
Un día, Miri estaba declarando como testigo en una audiencia pública al aire libre cuando pasó por allí Baba Saifdar.
El juez acababa de decirle al testigo:
"¿Se acuerda con nitidez de haber visto al acusado en el robo?"
Miri, dirigiendo la mirada hacia su maestro y acordándose así del ejercicio de "recordar" que había aprendido de él, respondió mecánicamente:
"Sí, me acuerdo."
Tras esta afirmación de un "testigo ocular", el supuesto ladrón fue condenado de forma inmediata. Era inocente; y cuando Miri se retractó de aquella identificación, estuvo a punto de ser juzgado por perjurio.
Cuando finalmente lo pusieron en libertad, Baba le dijo:
"Esto es el equivalente, en la vida corriente, de lo que puede pasar en cuestiones más profundas. El elogio y la queja del propio maestro conducen a la locura. Lo mismo ocurre con toda infracción de sus reglas. Lo que es visible para él, es invisible para el estudiante."
Miri respondió: "Sólo me cabe esperar que mi ejemplo sea útil para otros, de forma que, sin tener que pasar por este tipo de experiencia, se les permita continuar hacia cosas más elevadas."
Por eso se conoce esta historia como "La lección de Miri".
LOS DOS LADOS
Así fue cómo los hábitos teñidos de dos colores de los derviches, empleados con fines didácticos, y con el tiempo imitados con un uso meramente decorativo, se introdujeron en España en la Edad Media:
Un cierto rey de los francos, amante de la pompa, se vanagloriaba de su dominio de la filosofía. Le pidió a un sufí conocido como "El Agarin" que le instruyera en la Elevada Sabiduría. El Agarin dijo:
"Te ofrecemos observación y reflexión, pero primero tienes que aprender cómo aumentarlas."
"Ya sabemos cómo aumentar nuestra atención porque hemos estudiado todos los pasos preliminares hacia la sabiduría de acuerdo con nuestra propia tradición", dijo el rey.
"Muy bien", repuso Agarin, "le haremos a Vuestra Majestad una demostración de nuestra enseñanza en un desfile que debe celebrarse mañana".
Se dieron las órdenes necesarias y, al día siguiente, los derviches del ribat (centro de enseñanza) de Agarin desfilaron por las estrechas calles de aquella ciudad andaluza. El rey y sus cortesanos se agrupaban a ambos lados del itinerario: los nobles a la derecha y los caballeros a la izquierda.
Cuando terminó la procesión, el Agarin se volvió hacia el rey y dijo:
"Majestad, por favor, preguntad a vuestros caballeros, que están enfrente, cuáles eran los colores de la ropa de los derviches."
Todos los caballeros juraron sobre las escrituras y por su honor que los vestidos eran azules.
El rey y el resto de la corte se quedaron sorprendidos y confundidos, porque eso no era en absoluto lo que ellos habían visto. "Todos nosotros hemos visto con claridad que iban vestidos de marrón", dijo el rey, "y entre nosotros se encuentran hombres de gran santidad y fe y muy bien considerados".
Ordenó a todos sus caballeros que se dispusieran a un castigo y a la degradación.
Los que habían visto las ropas de color marrón se pusieron a un lado para ser premiados.
Después de esto, el rey le dijo al Agarin:
"¿Qué encanto has realizado, malvado? ¿Qué maldad es ésta que lleva a los caballeros más honorables de la cristiandad a faltar a la verdad, a abandonar su esperanza de redención y a dar unas muestras de poca confiabilidad que les hacen inservibles para la batalla?"
El sufí respondió:
"La mitad de las ropas que se veía desde vuestro lado era marrón. La otra mitad de cada vestido era azul. Sin preparación, tus expectativas hacen que tú mismo te engañes sobre nosotros. ¿Cómo podemos enseñarle nada a nadie en tales circunstancias?"
LAS BIENVENIDAS
Damos la bienvenida a los eruditos que quieran comprender el Camino.
¿Qué hay de los otros? Piensan que no les damos la bienvenida, pero en realidad son ellos los que no nos la dan a nosotros.
No pueden hacerlo mientras mantengan tan extrañas concepciones del Camino.
Me refiero a dos actitudes, la de los que dicen: "Negamos el valor del sufismo", y la de los que dicen: "Aceptamos el sufismo, pero esto no es sufismo."
De esos dos tipos de personas, los que rechazan a los sufíes son mejores que los que piensan que las personas que a ellos no les gustan no pueden por ello ser sufíes.
Al primer tipo de personas hay otras que los engañan haciéndoles creer que los sufíes son inútiles. Y cualquiera puede dejarse engañar.
La segunda clase de personas es la de quienes se engañan a sí mismos creyendo algo que no es cierto.
Ningún erudito puede decidir quién es sufí y quién no. Las personas que intentan hacer una cosa que no son capaces de hacer deberían servirnos siempre de lección.
AJMAL HUSSEIN Y LOS ERUDITOS
El sufí Ajmal Hussein recibía continuamente las críticas de los eruditos, que temían que su reputación eclipsara la de ellos. No escatimaron esfuerzos para sembrar la duda sobre su conocimiento, para acusarle de refugiarse de sus críticas en el misticismo, y hasta para insinuar que era culpable de haber realizado prácticas vergonzosas.
Por fin, Ajmal dijo:
"Si contesto a mis críticos, aprovechan la ocasión para lanzarme nuevas acusaciones, que la gente cree porque les divierte dar crédito a ese tipo de cosas. Si no les contesto, alardean y se pavonean de ello, y todos piensan que son auténticos eruditos. Se creen que nosotros los sufíes somos contrarios a la erudición, y no es así. Pero nuestra verdadero existencia es una amenaza para la pretendida erudición de esos enanos ruidosos. La erudición desapareció hace mucho tiempo. A lo que ahora tenemos que enfrentarnos es a una erudición falsa."
Los eruditos chillaron más fuerte que nunca. Al fin, Ajmal dijo:
"La discusión no es tan efectiva como la demostración. Voy a daros una idea de cómo son estas personas."
Solicitó a los eruditos unos "cuestionarios" para que pudieran evaluar su conocimiento y sus ideas. Cincuenta profesores y académicos le enviaron los cuestionarios, y Ajmal los contestó todos de forma diferente. Cuando los eruditos se reunieron para hablar de estos cuestionarios, había tantas versiones distintas que todos pensaban haber puesto al descubierto a Ajmal y se negaban a abandonar sus tesis a favor de las de los demás. El resultado fue la célebre "trifulca de los eruditos". Durante cinco días se atacaron los unos a los otros con saña.
"Esto", dijo Ajmal, "es una demostración. Lo que más le importa a cada uno es su propia opinión y su propia interpretación. No les preocupa nada la verdad. Lo mismo hacen con las enseñanzas de todos. Cuando están vivos, les atormentan. Cuando se mueren, se hacen especialistas en su obra. Sin embargo, el único motor de su actividad es rivalizar unos con otros y enfrentarse a todo el que no pertenezca a su misma clase. ¿Queréis convertiros en uno de ellos? Decididlo pronto."
TIMUY Y HAFIZ
El poeta sufí Hafiz de Shiraz escribió este famoso poema:
Si esa doncella turca, Sharazi, tomara mi corazón en sus manos,
le daría Bujara, por el lunar de su mejilla o Samarcanda.
Tamerlán el conquistador hizo llevar ante sí a Hafiz y le dijo:
"¿Cómo puedes regalara Bujara y samarcanda por una mujer? Además, se encuentran en mis dominios, ¡y no permitiré a nadie que insinúe que no me pertenecen!"
Hafiz le respondió:
"Tu mezquindad te ha dado poder. Mi generosidad me ha hecho caer en tu poder. Tu mezquindad es, obviamente, más efectiva que mi prodigalidad."
Tamerlán se rió y dejó marchar al sufí.
****
Los granjeros... a los que se les daban bien los números.
De entre todos los pueblos que el mula Nasrudin visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudin encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente se dio cuenta d ... e que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas de agua vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las llevaban de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.
"¿No sería mejor si tuvieran agua en el pueblo?", preguntó Nasrudin al granjero de la casa en la que se alojaba. "¡Por supuesto que sería mucho mejor!", dijo el granjero. "El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas las horas del burro como las horas del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año."
"Veo que lo tienes todo bien calculado", dijo Nasrudin admirado. "¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?" "¡Eso no es tan simple!", dijo el granjero. "En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Al menos me quedan otros treinta años más de vida, así que me es más barato enviarles por el agua."
"Sí, ¿pero es que serías tú el único responsable de construir un canal? Son muchas familias en el pueblo."
"Claro que sí", dijo el granjero. "Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año."
"Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?
"Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y halva, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después de comer otro té y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos. Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te digo, que cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar." "Vale", dijo Nasrudin, "pero entonces en cuatro años estarías preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!"
"Hay otro problema", dijo el granjero. "Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá ir por agua, tanto como si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente."
"Lo entiendo", dijo Nasrudin . "Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal."
"Pues no", dijo el granjero. "Cualquier caradura que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin coste alguno."
"Tengo que admitir que tienes razón", dijo Nasrudin.
"Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, el otro el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño, el burro tendrán que ir a buscar al médico.
Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrirnos el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así, la construcción del canal ni siquiera se empezará."
"Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes", dijo Nasrudin. Se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó: "Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tiene el mismo problema que ustedes tienen. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años."
"Efectivamente", dijo el granjero, "pero a ellos no se les dan bien los números."
LA RECOMPENSA DEL DESIERTO
Hace mucho tiempo había un joven comerciante llamado Kirzai, cuyos negocios lo obligaron a viajar un día al pueblo de Tchigan, situado a doscientos kilómetros de distancia. Por lo común, el habría tomado la ruta que seguía el borde de las montañas, lo que le habría permitido hacer la mayor parte del viaje protegido del sol.
Pero en esta ocasión, Kirzai sufría la presión del tiempo. Era urgente que llegara a Tchigan lo mas pronto posible , de modo que decidió tomar el camino directo a través del desierto de Sry Darya. El desierto de Sry Darya es conocido por la intensidad de su sol y muy pocos se atreven a correr el riesgo de cruzarlo. No obstante, Kirzai dio de beber a su camello, lleno sus alforjas y emprendió el viaje.
Varias horas después de partir empezó a levantarse el viento del desierto. Kirzai refunfuño para sus adentros y apuro el paso del camello. De repente se detuvo, estupefacto. A unos cien metros delante de el se levanto un gigantesco remolino de viento. Kirzai nunca había visto nada semejante. El remolino arrojaba todo en derredor de una extraña luz purpúrea y hasta el color de la arena había cambiado. Kirzai titubeo. ¿Debía hacer un largo rodeo a fin de evitar esa extraña aparición o debía seguir siempre derecho? Kirzai tenia mucha prisa, sentía que no disponía de tiempo para tomar el camino mas lento, de modo que agacho la cabeza, encorvo los hombros y avanzo.
Para su sorpresa, en el momento en que penetro en la tormenta todo se volvió mucho mas calmo. El viento no azotaba ya con tanta fuerza contra su cara. Se sintió contento de haber tomado la decisión correcta. Pero de pronto se vio obligado a detenerse otra vez. Un poco mas adelante, un hombre yacía estirado sobre el suelo junto a su camello acuclillado. Kirzai desmonto de inmediato para ver que pasaba. La cabeza del hombre estaba envuelta en una chalina, pero Kirzai vio que era viejo. El hombre abrió los ojos, miro con atención a Kirzai durante un instante y después hablo con un susurro ronco.
- ¿Eres .... tu? Kirzai rió y sacudió la cabeza. - ¿Que? ¡No me digas que sabes quien soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tu anciano, ¿quien eres? El hombre no dijo nada. - De todos modos -continuo Kirzai- , Tu no estas bien. ¿Adonde vas? - A Givah -suspiro el viejo-, pero no tengo mas agua.
Kirzai reflexiono. Sin duda podía compartir un poco de su agua con el anciano, pero si lo hacia se arriesgaba a quedarse sin agua el mismo. Sin embargo, no podía dejarlo así. No se puede dejar morir a un hambre sin echar una mirada atrás. "Al diablo con mis planes -pensó Kirzai-, solo necesito encontrar mi camino hasta el sendero que corre a lo largo de las montañas, en caso de necesitar mas agua. ¿Una vida humana vale mucho mas que un compromiso de negocios!" Ayudo al viejo a tomar un poco de agua, lleno una de sus cantimploras y después lo ayudo a montar su camello.
- Sigue derecho por ese camino -le recomendó mientras apuntaba con el dedo- y en dos horas estarás en Givah. El anciano hizo una señal de agradecimiento con las manos y antes de irse miro un largo rato a Kirzai y pronuncio estas extrañas palabras: - Algún día el desierto te recompensara. Entonces acicateo a su camello en la dirección que Kirzai le había indicado. Kirzai continuo su viaje. La oportunidad que lo esperaba en Tchigan sin duda estaba perdida, pero se sentía en paz consigo mismo.
Paso el tiempo. Treinta años después, los negocios llevan a viajar a Kirzai de continuo de una parte a otra entre Givah y Tchigan. No se había hecho rico, pero lo que ganaba era suficiente para proporcionar una buena vida a su familia. Kirzai no pedía mas que eso.
Un día, mientras vendía cueros en la plaza del mercado de Tchigan, se entero de que su hijo estaba enfermo de gravedad. Era urgente que fuera a verlo de inmediato. Kirzai no vacilo. Recordó el atajo a través del desierto que había tomado treinta años atrás. Dio agua a su camello, lleno sus cantimploras y partió.
A lo largo del camino libro una batalla contra el tiempo, azuzando sin cesar a su camello. No se detuvo ni disminuyo la marcha mientras bebía agua, y por esas razón ocurrió el accidente. La cantimplora se le cayo de pronto de las manos y antes que pudiera bajarse para recuperarla, el agua desapareció en la arena. Kirzai profirió una maldición. Con una sola cantimplora llena era imposible cruzar el desierto. Pero al pensar en su hijo, el viejo se obligo a seguir adelante.
- ¡Tengo que hacerlo! ¡Lo haré!
El sol del desierto de Sry Darya es despiadado. Le importa poco por que o para que fines un hombre trata de desafiar sus rayos, arde inexorablemente siempre con la misma fuerza e intensidad. Kirzai pronto comprendió que había cometido un gran error. Se le reseco la lengua y la piel le quemaba. La única cantimplora restante ya estaba vacía. Y ahora, para su desazón, vio que empezaba una tormenta de arena. Kirzai se envolvio la cabeza con su chalina, cerro los ojos y dejo que el camello lo llevara adelante a donde fuera. Ya no era conciente de nada. Un gigantesco remolino de viento se levanto frente a el. Despedía una suave luz purpúrea, pero Kirzai seguía inconsciente y no vio nada. Su camello entro en el remolino de viento, avanzo unos pocos pasos y entonces, en forma abrupta, se sentó. Kirzai cayo al suelo. " Estoy terminado -pensó- ¡Mi hijo nunca volverá a verme!"
De repente, sin embargo, dio un grito de alegría. Un hombre montado en un camello avanzaba hacia el. Pero cuanto mas se acercaba el hombre, tanto mas la alegría de Kirzai se convertía en estupefacción. Este hombre que ahora desmontaba de su camello .... ¡Kirzai lo conocía! Reconoció su propio rostro juvenil, sus ropas .... ¡y hasta el camello que montaba! Un camello que el mismo había comprado por dos valiosos jarrones muchos años antes.
Kirzai estaba seguro: ¡el joven que venia a ayudarlo era el mismo! ¡Era el mismo Kirzai tal como era treinta años antes!
- ¿Eres .... tu? -balbuceo Kirzai con un susurro ronco. El joven lo miro y rió. - ¿Que? ¡No me digas que sabes quien soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tu, anciano, ¿quien eres? Kirzai no contesto. No sabia que hacer. ¿Debía decirle al joven quien era, o no decir nada? Mientras tanto el joven continuo: - De todos modos, tu no estas bien. ¿Adonde vas?
- A Givah -respondio Kirzai-. Pero no tengo mas agua.
Kirzai vio que el joven reflexionaba en silencio acerca de la situación y supo con exactitud lo que pasaba por su mente: ¿debía ayudar a Kirzai o continuar para atender sus propios asuntos? Pero Kirzai también supo cual seria la decisión y sonrió al observar que el joven le ofrecía un trago de agua. Después, el joven le lleno la cantimplora vacía, lo ayudo a montar su camello y apunto con un dedo.
- Sigue derecho por ese camino y en dos horas estarás en Givah.
El viejo Kirzai miro un largo rato al joven que alguna vez había sido el mismo y le hizo una señal de agradecimiento. Hubiera deseado hablar con el de muchas cosas, pero solo logro encontrar estas palabras: - Algún día el desierto te recompensara. Y entonces partió de prisa hacia Givah, donde lo esperaba su hijo. Kirzai llego a ser un hombre sabio, respetado por todos. Y cuando contaba este extraño cuento, todos los que lo escuchaban le creían. Desde aquellos tiempos, el desierto de Sry Darya ha sido conocido con el nombre de Samavstrecha, que quiere decir: El desierto donde uno se encuentra a si mismo.
EL AMOR QUE ATRAVIESA EL FUEGO
(Cuento Fon)
Erase una vez un joven cuyos padres habían ido a consultar a Fa cuando nació y Fa les respondió diciendo que el muchacho no debía casarse jamás. El muchacho creció y un día que se paseaba por el mercado, una joven que se encontraba vendiendo en un tenderete próximo le dijo repentinamente:
-Joven, quiero casarme contigo. El joven le respondió diciendo:
- Lo siento pero no me puedo casar contigo. La muchacha no se quedó convencida por la respuesta del joven y le contestó diciendo que sería su mujer por encima de todo y nada ni nadie me lo podrá impedir.
Un día que la joven vendedora se enteró de que su amor estaba en los alrededores, fue a verle y le habló de tal manera que el joven la aceptó por su mujer. Fa se lo había prohibido y el enamorado no tardó en morir.
Los padres, cuando se enteraron de lo que había pasado, fueron a ver a la joven viuda y le reprocharon su conducta y le pidieron que les devolviese a su hijo sano y salvo. Consultaron a Fa y Fa les dijo:
- Vuestro hijo puede volver a la vida pero antes tenéis que cavar una fosa, la llenaréis de leña, le prenderéis fuego y el joven volverá a la vida
El sacerdote, ayudado por la familia, cavó la fosa, la llenó de leña, le prendió fuego y echó aceite por encima, pero ni el padre ni la madre se atrevieron a pasar a través de las llamas. La joven, viendo el comportamiento de la familia, por amor al que había tomado por marido y sintiéndose culpable de su muerte, se colocó delante del fuego y cantó así:
Sería una vergüenza si no atravesara el fuego.
El padre que trabajó para educar a sus hijos no quiere.
La madre que veló y cuidó de él no quiere
Los tíos y tías de la familia no quieren. Yo pasaré a través de las llamas, si no lo hiciese me cubriría de vergüenza.
Avanzó hacia las llamas y se cayó encima. Todos gritaron:"¡Se está quemando! ¡ha muerto!". Los allí reunidos lanzaron leña al fuego y aceite desde el amanecer hasta la noche y cuando estaba amaneciendo vieron llegar a los dos jóvenes cogidos de la mano, el muchacho cantaba:
Si mi padre que trabajó y que sufrió para criarme no quiso atravesar el fuego.
Si mi madre que veló y pasó noches enteras junto a mí no quiso atravesar el fuego. Esta muchacha me ha salvado me ha dado la libertad. Ahora soy como los demás El amor es más fuerte que la muerte.
LA HISTORIA DE DEMÓSTENES
El joven Demóstenes soñaba con ser un gran orador, sin embargo este propósito parecía una locura desde todo punto de vista.
Su trabajo era humilde, y de extenuantes horas a la intemperie.
No tenía el dinero para pagar a sus maestros, ni ningún tipo de conocimientos.
Además tenía otra gran limitación: Era tartamudo.
Demóstenes sabía que la persistencia y la tenacidad hacen milagros y, cultivando estas virtudes, pudo asistir a los discursos de los oradores y filósofos más prominentes de la época. Hasta tuvo la oportunidad de ver al mismísimo
Platón exponer sus teorías.
Ansioso por empezar, no perdió tiempo en preparar su primer discurso.
Su entusiasmo duro poco: La presentación fue un desastre.
Fue un gran fracaso. A la tercera frase fue interrumpido por los gritos de protesta de la audiencia:
- ¿Para qué nos repite diez veces la misma frase?
-dijo un hombre seguido de las carcajadas del público.
- ¡Hable más alto! -exclamó otro-. No se escucha, ¡ponga el aire en sus pulmones y no en su cerebro!
Las burlas acentuaron el nerviosismo y el tartamudeo de Demóstenes, quien se retiró entre los abucheos sin siquiera terminar su discurso.
Cualquier otra persona hubiera olvidado sus sueños para siempre. Fueron muchos los que le aconsejaron –y muchos otros los que lo humillaron- para que desistiera de tan absurdo propósito.
En vez de sentirse desanimado, Demóstenes tomaba esas afirmaciones como un desafió, como un juego que él quería ganar.
Usaba la frustración para agrandarse, para llenarse de fuerza, para mirar más lejos. Sabía que los premios de la vida eran para quienes tenían la paciencia y persistencia de saber crecer.
- Tengo que trabajar en mi estilo.- se decía a sí mismo.
Así fue que se embarcó en la aventura de hacer todo lo necesario para superar las adversas circunstancias que lo rodeaban.
Se afeitó la cabeza, para así resistir la tentación de salir a las calles. De este modo, día a día, se aislaba hasta el amanecer practicando.
En los atardeceres corría por las playas, gritándole al sol con todas sus fuerzas, para así ejercitar sus pulmones.
Más entrada la noche, se llenaba la boca con piedras y se ponía un cuchillo afilado entre los dientes para forzarse a hablar sin tartamudear.
Al regresar a la casa se paraba durante horas frente a un espejo para mejorar su postura y sus gestos.
Así pasaron meses y años, antes de que de que reapareciera de nuevo ante la asamblea defendiendo con éxito a un fabricante de lámparas, a quien sus ingratos hijos le querían arrebatar su patrimonio.
En esta ocasión la seguridad, la elocuencia y la sabiduría de Demóstenes fue ovacionada por el público hasta el cansancio.
Demóstenes fue posteriormente elegido como embajador de la ciudad.
Su persistencia convirtió las piedras del camino en las rocas sobre las cuales levantó sus sueños.
ACTO DE SOBERBIA
Un día el viejo león se despertó y conforme se desperezaba se dijo que no recordaba haberse sentido tan bien en su vida.
El león se sentía tan lleno de vida, tan saludable y fuerte que pensó que no habría en el mundo nada que lo pudiese vencer. Con este sentimiento de grandeza, se encaminó hacia la selva, allí se encontró con una víbora a la que paró para preguntarle.
"Dime, víbora, quien es el rey de la selva? le preguntó el leon.
Tu, por supuesto le respondió la víbora, alejándose del leon a toda marcha.
El siguiente animal que se encontró fue un cocodrilo, que estaba adormecido cerca de una charca.
El león se acercó y le preguntó Cocodrilo, dime ¿quien es el rey de la selva?
¿Por qué me lo preguntas? le dijo el cocodrilo, si sabes que eres tu el rey de la selva
Así continuó toda la mañana, a cuanto animal le preguntaba todos le respondían que el rey de la selva era el.
Pero, hete ahí que de pronto, le salió al paso un elefante.
Dime elefante, le preguntó el león ensoberbecido ¿sabes quién es el rey de la selva?
Por toda respuesta, el elefante enroscó al león con su trompa levantándolo cual si fuera una pelota, lo tiraba al aire y lo volvía a recoger...hasta que lo arrojó al suelo poniendo sobre el magullado y dolorido león su inmensa pata.
Muy bien, basta ya, lo entiendo atinó a farfullar el dolorido león, pero no hay necesidad de que te enfurezcas tanto, porque no sepas la respuesta. LA FELICIDAD DE NO DEPENDER
La historia se refiere a un individuo que se mudó de aldea, en la India, y se encontró con lo que allí llaman un sennyasi. Este es un mendicante errante, una persona que, tras haber alcanzado la iluminación, comprende que el mundo entero es su hogar, el cielo su techo y Dios su Padre, que cuidará de él. Entonces se traslada de un lugar al otro. Tal como tú y yo nos trasladaríamos de una habitación a otra de nuestro hogar.
Al encontrarse con el sennyasi, el aldeano dijo:
"¡No lo puedo creer!
Anoche soñé con usted. Soñé que el Señor me decía:
-Mañana por la mañana abandonarás la aldea, hacia las once, y te encontrarás con este sennyasi errante- y aquí me encontré con usted."
"¿Qué más le dijo el Señor?" Preguntó el sennyasi.
Me dijo: "Si el hombre te da una piedra preciosa que posée, serás el hombre más rico del mundo ... ¿Me daría usted la piedra?"
Entonces el sennyasi revolvió en un pequeño zurrón que llevaba y dijo:
"¿Será ésta la piedra de la cual usted hablaba?"
El aldeano no podía dar crédito a sus ojos, porque era un diamante, el diamante más grande del mundo. "¿Podría quedármelo?"
"Por supuesto, puede conservarlo; lo encontré en un bosque. Es para usted."
Siguió su camino y se sentó bajo un árbol, en las afueras de la aldea. El aldeano tomó el diamante y ¡qué inmensa fue su dicha! Como lo es la nuestra el día en que obtenemos algo que realmente deseamos.
El aldeano en vez de ir a su hogar, se sentó bajo un árbol y permaneció todo el día sentado, sumido en meditación.
Al caer la tarde, se dirigió al árbol bajo el cual estaba sentado el sennyasi, le devolvió a éste el diamante y dijo: "¿Podría hacerme un favor?"
"¿Cuál?" le pregunto el sennyasi.
"Podría darme la riqueza que le permite a usted deshacerse de esta piedra preciosa tan fácilmente?"
SOBRE EL DAR
No dais sino poco cuando dais de vuestras posesiones.
Es cuando dais de vosotros mismos que realmente dais.
Porque qué son vuestras posesiones sino cosas que conserváis y defendéis por temor a necesitarlas mañana?
Y mañana qué puede traer el mañana al perro en demasía prudente que entierra huesos en la arena sin dejar huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad sagrada?
Y qué es el temor de necesitar, sino la necesidad misma?
No es temer la sed cuando vuestra fuente está llena, la sed que es inexistente?
Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen, y lo dan para reconocimiento y su oculto deseo hace sus dádivas insanas.
Y hay quienes tienen poco y lo dan todo.
Estos son lo que creen en la Vida y en la generosidad de la Vida, y su cofre nunca está vacío.
Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su recompensa.
Y hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.
Y hay quienes dan y no conocen la pena de dar ni buscan alegría ni dan con preocupación de virtud.
Dan como en el valle lejano el mirto exhala su fragancia, en el espacio.
A través de las manos de los que son como estos habla Dios, desde tras sus ojos, El sonríe sobre la tierra.
Es buenos dar cuando se os pide, pero es mejor dar cuando no se os pide, por compresión;
Y para el dadivoso, el buscar a aquel que pueda recibir, es gozo mayor que el dar.
Y hay algo que quisiera retener?
Todo lo que tenéis deberá ser dado algún día;
Por lo tanto dad ahora a fin que la época de dar sea vuestra y no de vuestros herederos,
A menudo decís: "Yo daría pero solo al que lo merece".
Los árboles de vuestro huerto no dicen así, ni los rebaños de vuestros campos.
Ellos dan para poder vivir porque retener es perecer.
Seguramente que aquel que es merecedor de recibir sus días y sus noches, es merecedor de todo lo demás de ti.
Y aquel que merece beber del océano de la vida merece llenar su copa en vuestra pequeña corriente.
Y quién sois vosotros para que los hombres deban abrir su pecho y develar su orgullo a fin de que podáis ver su valer desnudo y su orgullo no envilecido?
Ved primero que vosotros mismos merezcáis ser dadores y un instrumento del dar.
Porque en verdad es la vida la que da a la vida; mientras vosotros que os creéis dadores no sois sino testigos.
Y vosotros los que recibís, - y todos reciben- no asumáis el peso de la gratitud a menos que pongáis un yugo sobre vosotros mismos sobre aquel que da.
Mas bien elevaos junto con el dador sobre sus dones como sobre alas;
Porque preocuparos en demasía de vuestra deuda, es dudar de su generosidad que tiene a la tierra magnánima por madre, y por padre a Dios.
LA ORACIÓN ES LA RESPIRACIÓN DEL ALMA.
Khalil Gibran
Fátima, la hilandera y la tienda
Una vez, en una ciudad del más lejano occidente, vivía una joven llamada Fátima. Era la hija de un próspero hilandero. Un día su padre le dijo: "Ven, hija: haremos una travesía, pues tengo negocios que hacer en las islas del mar Mediterráneo. Tal vez tú encuentres a un joven atractivo, de buena posición, que podrías tomar por esposo." Se pusieron en camino y viajaron de isla en isla, el padre haciendo sus negocios, mientras Fátima soñaba con el esposo que pronto podría ser suyo. Pero un día cuando estaban camino a Creta, se levantó una tormenta y el barco naufragó. Fátima, seminconsciente, fue arrojada a una playa cercana a Alejandría. Su padre había muerto y ella quedó totalmente desamparada. Podía recordar sólo vagamente su vida hasta entonces ya que la experiencia del naufragio, y el haber estado expuesta a las inclemencias del mar, la habían dejado completamente exhausta. Mientras vagaba por la arena, una familia de tejedores la encontró. A pesar de ser pobres, la llevaron a su humilde casa y le enseñaron su oficio. De esta manera, ella inició una segunda vida y en el lapso de uno o dos años volvió a ser feliz, habiéndose reconciliado con su suerte. Pero un día, estando en la playa, una banda de mercaderes de esclavos desembarcó y se la llevó, junto con otros cautivos. A pesar de lamentarse amargamente de su suerte no encontró ninguna compasión de parte de ellos, quienes la llevaron a Estambul y la vendieron como esclava. Por segunda vez, su mundo se había derrumbado. Ahora bien, sucedió que en el mercado había pocos compradores. Uno de ellos era un hombre que buscaba esclavos para trabajar en su aserradero, donde fabricaba mástiles para barcos. Cuando vio el abatimiento de la infortunada Fátima, decidió comprarla, pensando que de este modo, al menos, podría ofrecerle una vida un poco mejor que la que habría de recibir de otro comprador. Llevó a Fátima a su hogar, con la intención de hacer de ella una sirvienta para su esposa. Pero cuando llegó a su casa, se enteró de que había perdido todo su dinero al ser capturado un cargamento por piratas. No podía afrontar los gastos que le ocasionaba el tener trabajadores, de modo que él, Fátima y su mujer quedaron solos para llevar a cabo la pesada tarea de fabricar mástiles. Fátima, agradecida a su empleador por haberla rescatado, trabajó tan duramente y tan bien, que él le dio la libertad y ella llegó a ser su ayudante de confianza. Fue así como llegó a ser relativamente feliz en su tercera profesión. Un día, el le dijo: "Fátima, quiero que vayas a Java, como mi agente, con un cargamento de mástiles; asegúrate de venderlos con provecho." Ella se puso en camino, pero cuando el barco estuvo frente a la costa china un tifón lo hizo naufragar y, una vez más, se vio arrojada a la playa de un país desconocido. Otra vez lloró amargamente, porque sentía que en su vida nada ocurría de acuerdo con sus expectativas. Siempre que las cosas parecían andar bien, algo ocurría, destruyendo todas sus esperanzas. "Por qué será", exclamó por tercera vez, "que siempre que intento hacer algo, ello se malogra? Por qué deben ocurrirme tantas desgracias?" Pero no hubo respuesta. De manera que se levantó de la arena y se encaminó tierra adentro. Ahora bien, sucedía que nadie en China había oído hablar de Fátima ni sabía nada de sus problemas. Pero existía la leyenda de que un día llegaría allí cierta mujer extranjera, capaz de hacer una tienda para el Emperador. Y puesto que, en aquel entonces, en China no existía nadie que pudiera hacer tiendas, todo el mundo esperaba el cumplimiento de aquella predicción con la más vívida expectativa. A fin de estar seguros de que esta extranjera, al llegar, no pasara inadvertida, los sucesivos emperadores de China solían mandar heraldos una vez por año a todas las ciudades y a todas las aldeas del país, pidiendo que cada mujer extranjera fuera llevada a la Corte. Fue justamente en una de esas ocasiones cuando Fátima, agotada, llegó aciudad costera de China. La gente del lugar habló con ella por medio de un intérprete, explicándole que tenía que ir a ver al Emperador."Señora", dijo el Emperador, cuando Fátima llevada ante él, "Sabéis fabricar una tienda?"
"Creo que sí", dijo Fátima. Pidió sogas, pero no las había. De modo que, recordando sus tiempos de hilandera recogió lino y fabricó las cuerdas. Luego pidió una tela fuerte, pero los chinos no tenían la clase que ella necesitaba. Entonces, utilizando sus experiencias con los tejedores de Alejandría fabricó una tela resistente para hacer tiendas. Luego vió que necesitaba parantes para la tienda, pero no existían en el país. Entonces Fátima, recordando como había sido enseñada por el fabricante de mástiles en Estambul, habilmente hizo unos sólidos parantes. Cuando estos estuvieron listos, se devanó los sesos tratando de recordar todas las tiendas que había visto en sus viajes; y he aquí que una tienda fue construida. Cuando esta maravilla fue mostrada al Emperador de China, él ofreció a Fátima dar cabal cumplimiento a cualquier deseo que ella expresara. Ella eligió establecerse en China, donde se casó con un atractivo príncipe, y donde, rodeada por sus hijos, vivió muy feliz hasta el final de sus días.
Fue a través de estas aventuras como Fátima comprendió que lo que había parecido ser, en su momento, una experiencia desagradable, resultó ser una parte esencial en la elaboración de su felicidad final.
la sabiduria del silencio interno
El parloteo constante de nuestra mente y de nuestra boca agota el Chi y nos debilitan considerablemente.
La mente evita el silencio porque el silencio no tiene limites no tiene forma y no se puede definir. La mente ama los sonidos y los ruidos porque se parecen a los pensamientos, se les puede dar una forma, una definición analizarlos y conceptualizarlos.
Los sabios taoístas nos han legado una serie de consejos útiles y prácticos que descubrieron a través de cultivar el silencio interno.
Habla simplemente cuando sea necesario. Piensa lo que vas a decir antes de abrir la boca. Se breve y preciso ya que cada vez que dejas salir la palabra por la boca deja salir al mismo tiempo parte de tu vitalidad.
Desarrolla el arte de hablar sin perder la energía. Nunca hagas promesas que no puedas cumplir. No te quejes y no utilices en tu vocabulario palabras que proyecten imágenes negativas porque esto producirá alrededor de ti todo lo que has fabricado con tus palabras cargadas de Chi.
Si no tienes nada verdadero, nuevo y útil que decir es mejor quedarse callado y no decir nada.
Aprende a ser como un espejo, escucha y refleja la energía. El Universo mismo es el mejor ejemplo de espejo que la naturaleza nos ha transmitido porque el Universo acepta sin condiciones nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras palabras, nuestras acciones y nos envía el reflejo de nuestra propia energía bajo las formas de las diferentes circunstancias que se presentan en nuestra vida.
Si te identificas con el fracaso tendrás fracasos. Si te identificas con el éxito, tendrás éxito. Así podemos observar que las circunstancias que vivimos son simplemente manifestaciones externas del contenido de nuestra agitación interior. Aprende a ser como el Universo escuchando y reflejando la energía sin emociones densas y sin prejuicios.
No te des mucha importancia. Se humilde porque cuanto más te muestras superior, inteligente y prepotente, más te vuelves prisionero de tu propia imagen y vives en un mundo de tensión y de ilusiones. Sé discreto preserva tu vida íntima, de ésta manera te liberas de la opinión de los otros y llevarás una vida tranquila volviéndote invisible, misterioso, indefinible e insondable como el Tao.
No compitas con los demás, vuélvete como la Tierra que nos nutre que nos da lo que necesitamos. Ayuda a los otros a percibir sus cualidades, sus virtudes y a brillar. El espíritu competitivo hace que crezca el ego, nos separa y crea conflictos inevitablemente. Ten confianza en ti mismo, preserva tu paz interna evitando entrar en la provocación y en las trampas de los otros.
Toma un momento de silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tus decisiones después, así desarrollarás la confianza en ti mismo y en la sabiduría. Evita el hecho de juzgar y de criticar a la gente. El Tao es imparcial y sin juicios, no critica, tiene una compasión infinita y no conoce la dualidad. Cada vez que juzgas a alguien lo único que haces es separarte, expresar tu opinión personal. Es una pérdida de energia, puro ruido.
Deja que cada cual resuelva sus propios problemas y concentra tu energía en tu propia vida. Ocúpate de ti mismo. No te defiendas. Cuando tratas de defenderte estas dando demasiada importancia a las palabras de los otros y das más fuerza a sus opiniones. Si aceptas el no defenderte estás mostrando que la opiniones de los demás no te afectan, que “escuchas”. Que son simplemente opiniones y que no tienes que convencer a los otros para ser feliz.
Tu silencio interno te vuelve sereno.
Haz regularmente un ayuno de la palabra para volver a educar al ego. Practica el arte de no hablar.
Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera naturaleza interna reemplazará tu personalidad artificial dejando brotar la luz de tu corazón y el poder de la sabiduría el “silencio”. Gracias a esta fuerza atraerás hacia ti todo lo que necesitas para realizarte y liberarte.
Así pues, quédate en silencio. Cultiva tu propio poder interno. Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo. No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son o lo que tienen capacidad de ser.
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